La región de Magallanes y la Antártica Chilena ha dejado de ser un territorio olvidado por la República para convertirse en un espacio estratégico y simbólico para el país, según un relato del cronista Miguel Laborde publicado por elmostrador.cl.
Este territorio extremo, caracterizado por su ubicación geográfica privilegiada, hoy ocupa un lugar central en el imaginario nacional debido a su proyección económica y sus atributos turísticos.
El paisaje austral, descrito como un mundo puro y virgen, atrae a escaladores internacionales hacia el monte Fitzroy y posiciona a la Antártida como un destino final de importancia global.
Historia de soberanía y resistencia
La presencia humana en la zona comenzó con pueblos originarios como los selk’nam y los yámanas, quienes habitaron los canales y las islas utilizando recursos como el guanaco y la centolla.
La llegada de los europeos en 1520, liderada por Hernando de Magallanes, marcó el inicio de una era de disputas por el control del estrecho navegable.
El proceso de toma de soberanía fue complejo y estuvo marcado por la preocupación de figuras como Bernardo O’Higgins, quien temía que potencias europeas aprovecharan la zona para instalarse en la región.
En 1843, Chile consolidó su presencia en la Patagonia mediante la construcción de una colonia en el estrecho, una medida oportuna para asegurar el territorio.
La fundación de Punta Arenas en 1849 impulsó un desarrollo basado inicialmente en la ganadería bovina para satisfacer la demanda de la industria textil inglesa.
Sin embargo, este crecimiento económico trajo consigo consecuencias trágicas para las comunidades indígenas locales, que sufrieron procesos de marginación y persecución, dejando una herida abierta en la historia del país, según detalla el texto de Laborde.
El desarrollo de la región también se vio fortalecido por la industria de la centolla y la arquitectura de las estancias, construidas con maderas locales como la lenga y el coigüe para resistir el clima extremo.