La violencia escolar y el uso descontrolado de la inteligencia artificial (IA) marcan una crisis de salud mental y aprendizaje en las aulas chunes. Reportes recientes de la agenda Violencia contra la niñez y estudios sobre tecnología educativa muestran un patrón de aislamiento y delegación cognitiva en estudiantes de todo el país.
Casos de violencia extrema han sacudido diversos puntos de Chile. El 27 de marzo, un estudiante de 18 años asesinó a una inspectora en el Instituto Obispo Silva Lezaeta en Calama y dejó a otros heridos, según reportó La Tercera.
Otros incidentes incluyen un ataque con arma blanca de un niño de 12 años en Renca, la detención de un adolescente de 15 años con un arma de fuego en Curicó y un suceso similar en Rancagua. Diversos colegios han suspendido clases tras amenazas de tiroteos.
Paloma Del Villar, directora del Observatorio Niñez Colunga, sostiene que la violencia es un síntoma sistémico. “Lo que estamos viendo en los colegios es un síntoma de una cuestión mucho más sistémica. En una sociedad donde hay violencia, los niños reproducen lo que aprenden, lo que ven”, afirma Del Villar.
El auge de la inteligencia artificial
Paralelamente a la crisis de seguridad, el 80% de los estudiantes en Chile y la región utiliza IA en sus procesos académicos sin lineamientos institucionales claros. Esta tecnología ha ingresado al aula de forma silenciosa, afectando la autonomía de los alumnos.
Investigaciones muestran que la IA permite producir textos y resolver problemas complejos sin comprender sus fundamentos. Este fenómeno genera una "ilusión de aprendizaje" donde el estudiante responde pero no explica, ni transfiere lo aprendido.
El uso de dispositivos con IA ha detectado fraudes en otros contextos, como en exámenes de residencia médica en Argentina o mediante instrucciones ocultas en artículos científicos para manipular evaluaciones automatizadas. El patrón detectado es un mejor desempeño inmediato seguido de una menor capacidad de resolución autónoma posterior.
La crisis también se manifiesta en la soledad de menores como Martín, de doce años, quien pasa horas frente al celular sin supervisión tras volver del colegio. Este aislamiento digital coincide con la falta de acompañamiento de adultos en hogares donde los padres trabajan jornadas extendidas.