La inminente aprobación de una reforma legal en Argentina, que recorta significativamente los derechos laborales garantizados en el artículo 14 bis de la Constitución, ha provocado una creciente ola de protestas ciudadanas. Este contexto genera interrogantes sobre la desconexión entre el electorado que apoyó al presidente Javier Milei y las políticas implementadas que cumplen sus promesas de campaña.
El análisis se centra en el ejercicio social realizado por el influencer Sergio Rodríguez, quien entrevistó a votantes de Milei para indagar sus fundamentos. Estos intercambios revelan que la adhesión al cambio prometido por el libertario fue impulsada por un conjunto de emociones, como el hartazgo y la rabia, más que por un cálculo reflexivo de maximización de beneficios esperados.
Según reportes del ejercicio, muchos entrevistados priorizaron el deseo de un cambio político radical, sin considerar la dirección específica que tomarían las medidas gubernamentales. La promesa de aliviar el descontento funcionó como una ilusión seductora, independientemente de su viabilidad práctica o el riesgo asumido.
Al enfrentar los resultados adversos o magros del actual gobierno, los ciudadanos entrevistados muestran resistencia a reconocer un error en su elección. Intentan racionalizar su voto hasta que el costo se vuelve demasiado elevado o imposible de externalizar, un fenómeno que autores comparan con las reacciones de votantes de Donald Trump ante consecuencias directas.
El fenómeno plantea una cuestión fundamental: ¿por qué la ciudadanía consiente políticas que parecen contrarias a sus intereses explícitos? Esta reflexión se conecta con el concepto de servidumbre voluntaria, tal como lo describió Étienne de La Boétie en el siglo XVI, quien basaba la tiranía en el engaño o el yugo.
Para analistas como Yanira Zúñiga, profesora del Instituto de Derecho Público de la Universidad Austral de Chile, el auge de los autoritarismos de origen democrático exige multiplicar la conversación sobre el consentimiento a la tiranía. Es crucial abandonar la noción idealizada de un pueblo inherentemente sabio en la democracia.
Zúñiga argumenta que, si bien la sabiduría no es una condición necesaria para la democracia, la responsabilidad sí lo es. La discusión en Chile y la región debe enfocarse en cómo las preferencias emocionales pueden prevalecer sobre el análisis racional en la toma de decisiones políticas.
El caso argentino funciona como un experimento social sobre la volatilidad del apoyo electoral cuando las expectativas emocionales chocan con la dura realidad económica y social de las reformas estructurales.