La visita del primer ministro británico, Keir Starmer, a China constituye una victoria propagandística para Beijing en su rivalidad con Washington, al tiempo que expone las limitaciones del juego de equilibrio que intentan mantener las potencias medias. Analistas señalan que estos viajes, replicados por otros líderes occidentales tras el endurecimiento de la política estadounidense, demuestran la dificultad de sustituir a Estados Unidos por China como socio principal.
Starmer consiguió avances como el acceso sin visado de treinta días para británicos y aranceles reducidos para el whisky, además de una inversión de 15.000 millones de dólares de AstraZeneca. Sin embargo, no hubo progresos sustanciales en temas geopolíticos delicados, como la postura de Taiwán o la represión de derechos en Hong Kong, según lo reportado por Reuters.
Expertos como John Quelch, de la Universidad de Duke Kunshan, indican que los aliados tradicionales de EE. UU. están cubriendo sus apuestas, pero carecen de la capacidad o voluntad para reemplazar completamente a Washington. Este movimiento busca enviar una señal al presidente Donald Trump sobre la existencia de alternativas si mantiene la presión comercial y política.
No obstante, Alicia García-Herrero, economista jefa de Asia-Pacífico en Natixis, califica estos gestos como superficiales en medio del estancamiento del crecimiento mundial. Ella enfatiza que estos acercamientos exponen la vulnerabilidad de las potencias medias, que persiguen beneficios menores mientras la inundación de exportaciones chinas satura sus industrias domésticas.
La balanza comercial china continuó inclinándose a favor del gigante asiático, con un superávit récord de 1,2 billones de dólares el año pasado, impulsado por la expansión manufacturera hacia mercados fuera de Estados Unidos. Las exportaciones chinas a la Unión Europea aumentaron un 8,4%, mientras que las compras occidentales se estancaron o decrecieron, según datos de comercio citados en el informe.
Eswar Prasad, exdirector de China en el FMI, advierte que aumentar la integración comercial con China es arriesgado para países que intentan proteger sus industrias manufactureras. La contrapartida de las visitas, como la del homólogo canadiense Mark Carney, a menudo ha provocado amenazas de aranceles por parte de la administración Trump, dificultando una estrategia clara para los aliados.
Noah Barkin, experto en Europa-China del German Marshall Fund, concluye que estos viajes representan un triunfo propagandístico para Beijing, reforzando su imagen de socio confiable. El objetivo real para estas capitales, añade Barkin, es reducir la tensión con Beijing, no efectuar un pivote estratégico completo, ya que ninguna desea un conflicto abierto simultáneo con ambas superpotencias.