El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, está apostando a que una combinación de estímulo fiscal agresivo, desregulación y políticas monetarias más flexibles puede generar un crecimiento económico acelerado sin reavivar la inflación. Esta visión, percibida en foros internacionales como el reciente Foro Económico Mundial, sugiere una desviación de los modelos económicos convencionales.
La premisa fundamental de esta estrategia es lograr una expansión robusta, similar a la que se asoció con la canción "Hot Hot Hot", sin los efectos secundarios históricamente asociados con el sobrecalentamiento de la demanda. Analistas señalan que esta ambición se apoya en la creencia de que las dinámicas inflacionarias contemporáneas difieren sustancialmente de las observadas en décadas pasadas.
Sin embargo, la experiencia acumulada a lo largo de siglos en diversas economías sugiere que tales experimentos heterodoxos rara vez culminan de manera positiva en el horizonte temporal extendido. Kenneth Rogoff, citado por Project Syndicate, advierte que la historia económica no favorece el éxito sostenido de políticas orientadas a un crecimiento acelerado desvinculado de las restricciones fiscales y monetarias tradicionales.
El enfoque implica una relajación en las restricciones regulatorias y una política fiscal expansiva, elementos que históricamente han ejercido presión al alza sobre los precios. La expectativa es que los aumentos en la oferta y la inversión, impulsados por la desregulación, compensen cualquier riesgo inflacionario generado por el gasto público.
Los mercados financieros observarán de cerca la evolución del índice de precios al consumidor y las cifras de empleo en los próximos trimestres para determinar la viabilidad de esta política. Cualquier indicio de inflación persistente obligaría a una corrección o a un endurecimiento monetario, lo cual contradeciría el objetivo inicial de Trump.
Las implicaciones geopolíticas de esta estrategia también son relevantes, ya que un crecimiento estadounidense fuerte podría influir en los tipos de cambio y en los flujos de capital globales. Las economías emergentes, en particular, monitorean si el estímulo estadounidense se traduce en una demanda global sostenible o en una mayor volatilidad financiera.
En conclusión, mientras la administración actual persigue un escenario económico eufórico, la comunidad de observadores internacionales se mantiene cautelosa. El éxito dependerá de si la economía estadounidense puede absorber el estímulo sin generar las desequilibrios inflacionarios que han frenado expansiones similares en el pasado.