La evidencia arqueológica hallada en Europa sugiere que la desigualdad alimentaria ha sido una constante en la sociedad humana durante al menos 10.000 años, con hombres que consumían sistemáticamente más carne que las mujeres. Un nuevo estudio publicado en la revista PNAS Nexus analizó 12.281 esqueletos adultos provenientes de 673 yacimientos para rastrear estas disparidades nutricionales.
Los investigadores Rozenn Colleter, Michael P. Richards y su equipo utilizaron un "índice interdecil" para medir la desigualdad. Al examinar las proporciones de isótopos de carbono y nitrógeno en el colágeno óseo, el equipo logró evitar las complicaciones tradicionales derivadas de las variaciones climáticas locales o las técnicas de fertilización del suelo.
La persistencia del sesgo nutricional
Los datos muestran que, si bien las primeras sociedades agrícolas del Neolítico fueron las más igualitarias, aun así presentaban claras disparidades de género en el acceso a las proteínas. En todas las épocas posteriores estudiadas, los investigadores identificaron un sesgo masculino persistente en los niveles más altos de consumo de carne.
"Los resultados subrayan la persistente desigualdad en el acceso a la proteína animal en Europa durante los últimos 10.000 años", señalaron los autores en su informe. El estudio sugiere que este patrón probablemente se derive de una combinación de factores sociales más que de una simple necesidad biológica.
Según los investigadores, estas disparidades históricas podrían estar arraigadas en normas sociales profundamente establecidas que priorizaban las necesidades nutricionales de los hombres. Otros factores contribuyentes incluyen, potencialmente, tabúes alimentarios, creencias cosmológicas específicas y conceptos erróneos comunes sobre los requerimientos reales de proteínas en las mujeres.
Aunque el estudio se centra en restos humanos históricos, ofrece una mirada cruda sobre cómo el estatus social y los roles de género han dictado los recursos básicos de supervivencia durante milenios. Los hallazgos sugieren que la inequidad en el acceso a los alimentos no es un fenómeno moderno, sino un componente estructural de la vida europea preindustrial.