Un estudio interdisciplinario publicado en Nature traza más de 2,000 años de historia poblacional en el valle de Uspallata, Argentina. La investigación examina cómo la agricultura reconfiguró la estabilidad social y los recursos en las sociedades locales y cómo las personas enfrentaron periodos prolongados de estrés. Combinando ADN antiguo con datos paleoclimáticos, el equipo demuestra la adopción local de cultivos en lugar de migraciones masivas o colonización externa.
Los investigadores del Institut Pasteur analizaron el ADN genómico de 46 individuos, desde cazadores-recolectores hasta poblaciones agrícolas establecidas. Los resultados muestran una fuerte continuidad genética entre los habitantes tempranos y aquellos que vivieron más de mil años después del contacto inicial. Esto sugiere que la agricultura fue adoptada principalmente por las poblaciones locales en lugar de ser introducida por grupos externos.
Para entender la vida diaria, los científicos examinaron isótopos estables preservados en huesos y dientes durante el estudio exhaustivo. Los datos indican que el consumo de maíz cambió con el tiempo, apuntando a prácticas agrícolas flexibles antes de la intensificación forzada. Sin embargo, entre hace 800 y 600 años, surgió un patrón diferente en el sitio de entierro Potrero Las Colonias.
Muchos individuos en ese sitio dependían fuertemente del maíz y mostraron firmas de estroncio no locales, indicando que se habían mudado. Evidencia genética sugiere que estos migrantes provenían de regiones cercanas y estaban relacionados con grupos locales vecinos. A pesar de esta cercanía, los datos genómicos revelan un declive poblacional agudo y prolongado que indica estrés sostenido.
Los registros paleoclimáticos muestran periodos prolongados de inestabilidad ambiental que coinciden con la disminución de la población local. A nivel individual, los restos óseos muestran signos de desnutrición infantil y enfermedad en los esqueletos encontrados. El ADN antiguo también reveló tuberculosis en el sitio, perteneciente a una linaje conocido antes del contacto en Sudamérica, lo que amplía la evidencia geográfica.
La presencia de esta enfermedad tan al sur plantea nuevas preguntas sobre cómo la patógeno se extendió y persistió en la región. Nicolás Rascovan, jefe de la Unidad de Paleogenómica Microbiana, destaca que esto expande el marco geográfico para entender la circulación pasada. Esta detección resalta el valor de integrar la genómica de patógenos en reconstrucciones más amplias de la historia humana.
El análisis genético de relaciones familiares añade otra capa importante a la comprensión de la supervivencia comunitaria en tiempos difíciles. Muchos migrantes estaban estrechamente relacionados pero enterrados en diferentes momentos, sugiriendo movimiento continuo entre generaciones. Las redes de parentesco estaban organizadas en gran medida a través de líneas maternas, señalando un papel clave de las mujeres.
No hay evidencia de conflicto violento, y los locales y nuevos llegados fueron enterrados a veces juntos, sugiriendo una coexistencia pacífica. Juntos, los hallazgos indican que la migración basada en lazos familiares sirvió como estrategia de supervivencia durante presiones superpuestas. La colaboración con la comunidad Huarpe fue fundamental para interpretar y enmarcar la narrativa de la investigación científica.
La investigación muestra que la transición a la agricultura no siguió un único camino, sino que se desplegó según dinámicas sociales locales y ambientales. Estas revelaciones de largo plazo sobre cómo las personas se adaptaron ofrecen perspectiva valiosa para la resiliencia frente a desafíos modernos y crisis globales. Entender cómo estas transiciones afectaron la demografía ayuda a pensar sobre los riesgos del cambio climático actual y la estabilidad social en la región.