Washington ha rebajado el tono respecto a la adquisición de Groenlandia, la vasta isla autónoma del Reino de Dinamarca, tras días de declaraciones que rozaron la coerción. El Presidente estadounidense anunció un esbozo de acuerdo que, según sus términos, permitiría a Estados Unidos expandir su presencia militar —incluyendo defensas antimisiles— y asegurar derechos sobre la explotación mineral bajo el ártico. Este movimiento busca consolidar la posición estratégica estadounidense en el Ártico, un teatro cada vez más relevante ante la competencia geopolítica.
La retractación explícita de la opción militar, anunciada tras reuniones con líderes de la OTAN, intenta desactivar una crisis diplomática aguda. No obstante, el episodio ha dejado una profunda mella en el tejido de las relaciones transatlánticas. Altos funcionarios europeos y canadienses han manifestado que, independientemente de la retirada de las amenazas directas, la credibilidad de Washington como socio predecible ha sido comprometida.
El supuesto acuerdo apunta a reforzar la infraestructura de defensa en el Ártico, una región crítica para monitorear las actividades de Rusia y China. El interés de EE. UU. se centra en la posición geográfica de Groenlandia como ruta clave entre Norteamérica y Eurasia, y su potencial como reserva de recursos estratégicos. Este enfoque, sin embargo, choca con la soberanía danesa y la autonomía groenlandesa, que han insistido categóricamente en que la isla no está en venta.
La controversia ha catalizado un debate más amplio sobre la arquitectura de seguridad global. Líderes europeos han advertido que la instrumentalización de la seguridad para fines comerciales o de presión arancelaria solo sirve para empoderar a actores revisionistas. Paralelamente, potencias intermedias, como Canadá, han hecho un llamado a la cohesión de naciones basadas en reglas, sugiriendo una ruptura en el orden establecido si las superpotencias priorizan la fuerza bruta sobre la legitimidad internacional.
En resumen, mientras la Casa Blanca intenta gestionar las repercusiones de su estrategia de presión, el incidente de Groenlandia se interpreta en capitales clave como una demostración de la erosión de la confianza mutua. La búsqueda de ventajas geoestratégicas y económicas por medios unilaterales amenaza con reconfigurar las alianzas tradicionales, forzando a socios menores a reconsiderar sus dependencias estratégicas. La Era analizará las implicaciones a largo plazo de esta táctica en el equilibrio de poder global.
Fuente: Basado en reportes de PBS NewsHour.