La Copa del Mundo 2026 ha iniciado su fase crucial, con el comienzo de los dieciseisavos de final este domingo con el duelo entre Sudáfrica y Canadá. El formato se expande ante el aumento de participantes de 32 a 48 equipos. Históricamente, este certamen se ha consolidado como un Mundial de goleadores, con competiciones paralelas por la Bota de Oro entre figuras como Messi, Mbappé, Haaland, Kane, Vinícius y Cristiano.
El torneo también ha destacado a arqueros previamente desconocidos, como el caboverdiano Vozinha, el curazoleño Room o el iraní Beiranvand. Respecto al desarrollo general, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, calificó el evento como “el más exitoso de la historia” en una entrevista concedida en Nueva York. Según Infantino, el torneo ha sido un “éxito total”, señalando que los estadios reportan una ocupación del 99,6%, pese al alto coste de las entradas.
Pero el Mundial 2026 presenta una competencia más allá de los goles. Cada edición suele marcar tendencias futbolísticas, y lo observado en la cancha apunta hacia un enfoque estadístico. El “nuevo fútbol” enfatiza las métricas; la posesión de balón se aborda como un trabajo de ingeniería, y las pizarras tácticas están llenas de contenido detallado. Como afirmó Carlo Ancelotti tras clasificar a dieciseisavos, “el objetivo no es jugar bien, el objetivo es ganar”.
Tácticas y el arte de defender
Se desarrolla una Copa del Mundo marcada por la flexibilidad táctica. Un mismo equipo puede modificar su esquema en el transcurso de un único partido. Opta reportó que Argentina empleó un 4-4-2 durante el 73,6% de su tiempo de juego contra Austria, porcentaje más alto registrado para la selección en sus dos primeras presentaciones.
Con el balón, los equipos pueden transitar entre esquemas como el 4-3-3, el 4-4-2 o el 4-2-4. Sin balón, la mutación puede llegar hasta el 5-4-1. La capacidad de variar el dibujo táctico resulta una virtud clave, algo que el equipo de Lionel Scaloni demostró previamente en Qatar.
Los elencos europeos consagrados prefieren el esquema 4-2-3-1. En este sistema, el mediocampista ofensivo debe tener responsabilidades que van más allá de la asistencia al nueve: debe marcar o acelerar la salida del rival. Bellingham, Kevin De Bruyne o Bruno Fernandes encarnan esta multifunción. Por su parte, el colombiano James Rodríguez ha mostrado una tendencia a operar cargado por la derecha, perfil cambiado, como un puntero falso.
La intensidad se consolida como concepto primordial en el fútbol actual. Estados Unidos, bajo la dirección de Mauricio Pochettino, ha sorprendido al jugar frecuentemente con una línea de tres en la defensa. En contraste, otros equipos, como Australia o República Dominicana, optan por asegurar la defensa con cinco jugadores.
La posesión de balón ya no equivale a superioridad. La moda instalada es el bloque bajo, donde las defensas operan de forma compacta. Según un artículo de La Gazzetta dello Sport, la dificultad para vulnerar estas defensas cerradas es evidente. Como ejemplo, Inglaterra registró una posesión del 78,8% ante Ghana, el porcentaje más alto en un partido mundialista desde 1966, sin concretar gol y sin un solo remate a puerta en el primer tiempo.
La pelota parada sigue siendo un recurso decisivo. En las dos primeras jornadas, ocho goles surgieron de córners y otros cinco de secuencias que iniciaron con un balón pateado desde esquina. Paralelamente, se anotaron nueve autogoles en ese mismo periodo, cifra que se sitúa por debajo del récord de 12 goles registrado en 2018.
Además, los encuentros están aumentando en minutos efectivos. Los partidos grupales superan constantemente los 100 minutos de juego efectivo. El promedio de tiempo añadido registrado hasta el pasado domingo fue de 7,1 minutos. A pesar de las medidas disciplinarias de la FIFA para reducir la pérdida de tiempo, el tiempo efectivo por cotejo en Norteamérica 2026 se mantiene en la línea de las grandes ligas europeas, rondando los 57 minutos y 22 segundos por encuentro.
Comentarios